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VENTAJAS DE UN ALMA CON PELO - Fernando Aramburu

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Los llaman perros, pero en realidad son almas. Almas peludas, de cuatro patas, que se dejan conducir, husmeantes de suelos, marcadoras de territorio, con una correa por la calle. Tienen la costumbre húmeda de prodigar afecto con la lengua. Quizá parecen cosa distinta o separada del ser humano porque ignoran la mentira. Ladran sus penas y sus enojos, sus alegrías y sus temores, con una franqueza explícita de niños. Practican el agradecimiento; no así, por lo visto, el rencor, aunque a menudo se llevan a matar con los carteros. Son, como se ha dicho, almas exteriores y visibles que van y vienen con fidelidad de sombras autónomas a nuestro lado; almas, en fin, de lomo acariciable y rabo comunicativo, saludador, melancólico, amenazante, juguetón, alborozado.

El perro ganado para la amistad del hombre es un suministrador incesante de felicidades. Su estupidez, al contrario de la humana, tiene encanto; su astucia le granjea beneficios incontables. A cambio de nutrición, refugio, entretenimiento, caricias, vacunas y lecho cálido, el perro transige con la obediencia. Es su truco más logrado. Un sinfín de personas va cada día a trabajar por mucho menos.

Yo veo al alma correr sobre la hierba en pos de la pelota saltarina que le he lanzado y ya sólo con esa imagen me atraviesa el espinazo un calambre gustoso. Ni el cine ni los libros me dan lo mismo, aunque dan mucho. Tendría que ahondar en sutiles descargas placenteras, acaso en pasajes singularmente deleitables salidos de la pluma de Mozart, para experimentar una plenitud que se le iguale. Dicen no sé qué estadísticas de no sé qué estudios científicos de no sé qué país que los hombres con perro son más propensos a la felicidad. Ya es tarde para participar en la encuesta; así y todo, confirmo tranquila y felizmente el dato.

Gente sesuda, con bata blanca, afirma haber encontrado en la compañía del perro amigo virtudes antidepresivas. Esto es serio, requiere explicación. Parece ser que a veces se forman en el centro del pecho humano tristezas oxidadas como viejas verjas. Las cuales se abren de par en par cuando un perro se sube con intenciones lúdicas al regazo del dueño o arrea a este por las buenas, en la soledad desesperada, en las habitaciones oscuras de la vida, una sarta de lengüetazos alegres en el rostro.

El perro interacciona con el hombre más que el gato, inclinado tradicionalmente a la introversión sagaz y al egoísmo natural de su especie. El perro, extravertido y a menudo bobalicón, te lo cuenta todo con el rabo y las orejas; olisquea genitales ajenos como quien revisa un pasaporte y tiene por norma elemental de cortesía enseñarles el culo a las visitas. Por no saber, no sabe ni que es perro. Nos toma a nosotros por parientes consanguíneos, si no es que él se toma a sí mismo por hombre. El perro, sentado en postura expectante, te mira afable, solícito y pedigüeño, como insinuando: ¿te importaría darme de comer antes de arrojarte al vacío? Y, claro, ¿cómo lo vas a dejar solo sin su salchicha de mediodía ni su escudilla de agua fresca y clara?

Cuidar de un alma canina implica asumir una responsabilidad. El perro es un alma frágil donde las haya. Un alma ora hambrienta, ora orinadora, ora friolera o desvalida, incompleta sin su parte corporal humana de la cual depende en grado alto. Lo mismo se rasca de gusto que de dolor, de picores que de angustias, y por mucho que la laven y la peinen, puede suceder que entre en casa con una garrapata del tamaño de una aceituna adherida a la oreja.

Tener perros es un poco como tener hijos. Los amamos y reñimos. Les ponemos nombre, les damos órdenes, los sacamos de paseo, les hablamos en confianza. Hay quien viste al perro con prendas de cuero o lana, y yo antes llevaba el mío a la peluquería, pero el pobre temblaba de miedo y, total, para lo que hay que hacer, lo esquilo con mis tijeras en el bosque. Una vez bañado, le encanta el viento caliente del secador.

Las tareas derivadas de la responsabilidad lo inducen a uno a perderse de vista. Quizá sea este olvido momentáneo de uno mismo el antídoto más eficaz contra los bajones del ánimo y contra todo lo negativo que nos abruma. La presencia del perro, según dicen, rebaja los índices de cortisol, hormona del estrés. No otra cosa parece ocurrir cuando, al término de la jornada laboral, regresan de sus obligaciones fatigosas y de sus inquietudes y problemas cotidianos los miembros de mi familia. No hay ninguno que, al entrar en la vivienda, no se apresure a dirigir la palabra al perro, se abrace a él como a una almohada viva o pase la mano por su calor sedoso. El perro contribuye al efecto balsámico con paciencia y alegría. Y entonces todo el mundo, apartando de sí por un instante agobios y sinsabores, se complace en compartir un alma ansiolítica que, hechas las cuentas, no nos da a los hombres menos de lo que ella recibe de nosotros.

Un perro rompe o alivia soledades. A ver, entendámonos. No la soledad de estar simplemente solo, sino aquella otra, infranqueable, duradera, consistente, según me han dicho, en un frío interior que no se mitiga estrechando manos ni cantando en un coro. Un perro lo hace a uno sentirse querido. Un perro fiel es un alma que daría la vida en tu defensa y la de tu casa. Yo he visto al mío llorar por contagio. Alguna vez taché de ridículo el hábito de hablarle al perro. Digamos que lo juzgaba una tentativa ilusoria de la comunicación. Qué bobada. Tengo mucho más que confesarle a mi perro que a la mayoría de los hombres. Y el alma me responde y me consuela a su modo sacudiendo el rabo o dándome la pata o clavando en mí el brillo afectuoso de sus ojos.

No menos hemos de agradecerle al perro que nos saque de casa. Tres, cuatro paseos diarios al aire libre; sumas los minutos caminados y resulta que a lo tonto, a lo tonto, te levantas un promedio de entre hora y media y dos horas de ejercicio físico repartido a lo largo de la jornada. Con lo cual, ¿qué ocurre?, pues que alargas los telómeros de tus cromosonas, te da el sol en la cara, reduces el peso y prolongas la vida. Y por si todo ello no fuera suficiente, acompañado de perro te sonríen y saludan los transeúntes a cada paso. Para un extranjero, doy fe, no hay mejor manera de integrarse en la sociedad de acogida que ir por la vía pública acompañado de un alma. Va uno desalmado y no le dan ni los buenos días. www.elmundo.es

Fernando Aramburu

"EL PERRO Y EL GATO" - Concepción Arenal (1820 - 1893)

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Si no hubo malicia o yerro
de la historia en el relato,
estábase cierto gato
mano a mano con un perro.

Ponderaba entusiasmado
de su maña en recompensa,
sus asaltos de despensa
sus victorias de tejado:

«Ya descuelgo una morcilla
aunque esté lejos del suelo,
ya en el sótano me cuelo,
ya sorprendo una guardilla.

Si es lerda la fregatriz
¡Ay qué almuerzos!: una polla
o la carne de la olla
y el besugo y la perdiz.

Aunque me dicen ¡maldito!
La maldición no me alcanza;
tenga yo llena la panza,
lo demás importa un pito.

No se yo por qué aprensión
estás siempre con tu tema,
es muy sencillo el dilema:
Comer mal o ser ladrón.

No sabes lo que es buen queso,
ni buen pescado, ni flan,
ni otra cosa que mal pan
o algún descarnado hueso.

Y en vez de la libertad
que en mi tejado poseo,
ir con tu amo de paseo
sujeto a su voluntad.

¿Y cuál es de esa virtud
el gran premio, las delicias?
Cuatro inútiles caricias,
el hambre y la esclavitud.
te luces por San Martín,
si tal galardón pretendes.»

«Hablas de lo que no entiendes,
respondió grave el mastín,
no tengo grandes regalos
como te sucede a ti;
mas tampoco andan tras mí
a maldiciones y a palos.

Dirás que entre veces mil
diez apenas te darán,
más vale cariño y pan
que odio con dulce y pernil.

¿Te sonríes con malicia?
Te sonríes y no lloras,
¡Miserable!, porque ignoras
lo que vale una caricia.

Gustárasla una vez sola,
esta que ventura llamo,
cuando me acaricia el amo
Y yo meneo la cola.

Cuando alguno me hace mal
o si hacérmelo pretende,
mi defensa al punto emprende
aun con riesgo personal.

Con el afán y el ahínco
que me abalanzo a su cuello,
y el placer que tengo en ello
y a su alrededor corro y brinco.

Entonces no esclavitud
en la mansedumbre vieras,
ni tonterías dijeras
que es la dulce gratitud.

¡Que no tengo libertad!
¡Que la tienes tú mayor!
¿No sigo a mi bienhechor
por cariño y voluntad?

¿De que no puedes gozar
que gozar no debo infieres?
¡Miserable! Hay más placeres
que el de comer y robar;

Hay más... pero fuera yerro
decírselo al mentecato
que... ¿puede entender un gato
la felicidad de un perro?

¿Sabe el goloso ruín
la dicha exenta de hiel
que en ser querido y ser fiel
puede tener un mastín?»

Y del perro entusiasmado
era el razonar tan grave
que responderle no sabe
el gato, y vase cortado.

Consejo encierra y profundo
del perro y gato la historia,
trayendo a nuestra memoria
lo que sucede en el mundo.

El bien que a todos excede
suele no llamarse bien,
y aun le mira con desdén
el que alcanzarle no puede.

Mas el juego y la carroza
y la alfombrada escalera,
eso lo entiende cualquiera
porque cualquiera lo goza.

Y la común medianía
ni muy buena ni muy mala,
ve del perverso la gala
sin comprender su agonía.

Que juzgando por sí mismo
juzga el vulgo siempre mal
el dolor del criminal
y el placer del heroísmo,

Y si penetrar pudiera
de entrambos el corazón,
que ha envidiado sin razón
y que ha desdeñado viera.

Extraviada multitud,
no creas en la ventura
de la indigna criatura
que escarnece la virtud.

Posted on January 31, 2017 .

EL PRINCIPITO - Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944)

Precioso fragmento de la obra El principito (Le Petit Prince), del escritor y aviador francés Antoine de Saint-Exupéry.

Entonces apareció el zorro:
¡Buenos días! -dijo el zorro.
¡Buenos días! -respondió cortésmente el Principito que se volteó pero no vio nada.
Estoy aquí, bajo el manzano -dijo la voz.-
¿Quién eres tú? -preguntó el Principito-. ¡Qué bonito eres!
Soy un zorro -dijo el zorro.
Ven a jugar conmigo -le propuso el Principito-, ¡estoy tan triste!

No puedo jugar contigo -dijo el zorro-, no estoy domesticado.
¡Ah, perdón! -dijo el Principito. Pero después de una breve reflexión, añadió:
¿Qué significa domesticar? -Tú no eres de aquí -dijo el zorro- ¿qué buscas?
Busco a los hombres -le respondió el Principito-. ¿Qué significa domesticar?
Los hombres -dijo el zorro- tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto! Pero también crían gallinas. Es lo único que les interesa. ¿Tú buscas gallinas?
No -dijo el Principito-. Busco amigos. ¿Qué significa “domesticar”? volvió a preguntar el Principito.
Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa “crear lazos…” -¿Crear vínculos? -Efectivamente, verás -dijo el zorro-.

Tú para mí todavía no eres más que un niño igual a otros cien mil niños. Y no te necesito. Tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros. Pero si me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo…
Comienzo a comprender
-dijo el Principito-.

Hay una flor… creo que ella me ha domesticado… -Es posible -dijo el zorro-, en la Tierra se ve todo tipo de cosas. -¡Oh, no es en la Tierra! -exclamó el Principito.
El zorro pareció intrigado: -¿En otro planeta? -Sí. -¿Hay cazadores en ese planeta? -No. -¡Qué interesante! ¿Y gallinas? -No.
Nada es perfecto
-suspiró el zorro. Y añadió:

Mi vida es monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres se parecen. Así es que me aburro un poco. Pero si tú me domesticas, mi vida se llenará de luz. Reconoceré el sonido de tus pasos que serán distintos de todos los demás. Los otros pasos harán que me esconda bajo la tierra. Los tuyos, en cambio, me harán salir de mi madriguera como una música ¡Mira! ¿Ves allá los trigales? Yo no como pan. Los trigales no significan nada para mí y eso es triste. Pero tú tienes los cabellos color de oro. Entonces, si me domesticas, será maravilloso, porque el trigo, que es dorado, me hará recordarte. Y amaré el sonido del viento en el trigo…

El zorro guardó silencio y miró detenidamente al Principito:
¡Por favor… domestícame! –dijo el zorro. -Me encantaría -respondió el Principito-, pero no tengo mucho tiempo. Tengo que descubrir amigos y conocer muchas otras cosas.
Sólo se conocen las cosas que se domestican
-dijo el zorro-. Los hombres ya no se dan tiempo para conocer nada. Compran todo hecho en las tiendas. Pero como en las tiendas no venden amigos, los hombres ya no tienen amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!

¿Qué debo hacer? -preguntó el Principito.
Debes tener mucha paciencia -respondió el zorro-.
Al principio te sentarás un poco lejos de mí, así, de esta manera, sobre la hierba. Te miraré de reojo y tú no dirás nada. El lenguaje es fuente de malentendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca…

El Principito volvió al día siguiente.
Hubiera sido mejor -dijo el zorro- que volvieras a la misma hora. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, desde las tres comenzaré a ser feliz. Y cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro ya estaré inquieto y preocupado; ¡y así, cuando llegues, descubriré el precio de la felicidad! Pero si llegas a cualquier momento, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón… Los ritos son necesarios.
¿Qué es un rito?
-dijo el Principito.

Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que hace que un día sea distinto de otros días, una hora, distinta de otras horas. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. El jueves salen a bailar con las muchachas del pueblo. Entonces el jueves para mí es un día maravilloso, porque puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores bailaran en cualquier momento, todos los días serían iguales y yo no tendría vacaciones.

Así fue como el Principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando la hora de partir, el zorro dijo:
¡Ay… lloraré! -Es tu culpa -dijo el Principito-. Yo no deseaba hacerte daño, pero tú quisiste que te domesticara. -Por supuesto -dijo el zorro. -¡Pero vas a llorar! -Claro que sí. -¡Entonces no has ganado nada! –dijo el Principito. -Claro que sí -dijo el zorro- Gané el color del trigo. Y agregó:
Ve a ver las rosas otra vez; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Luego vuelve para que me digas adiós y te regalaré un secreto.

El Principito fue a ver las rosas.
Ustedes no se parecen en nada a mi rosa; no son nada aún –les dijo-. Nadie las ha domesticado ni ustedes han domesticado a nadie. Son como era mi zorro: un zorro parecido a miles de zorros. Pero yo le hice mi amigo y ahora él es único en el mundo. Las rosas se sintieron molestas.
Ustedes son muy bellas, pero están vacías –les dijo el Principito-. Nadie daría la vida por ustedes. Por supuesto que cualquiera al pasar podría creer que mi rosa se les parece. Pero ella sola es más importante que todas ustedes juntas, porque fue a ella a quien regué. Fue a ella a quien abrigué con un fanal y a quién protegí detrás de un biombo. Porque por ella eliminé las orugas (salvo dos o tres que se hicieron mariposas), y es a ella a quién escuché quejarse o vanagloriarse y algunas veces hasta callarse. Porque es mi rosa.

Y volvió donde el zorro:
Adiós… -dijo el Principito. -Adiós -dijo el zorro-.
He aquí mi secreto. Es muy sencillo: sólo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible para los ojos.
Lo esencial es invisible a los ojos -repitió el Principito, para recordar.
Es el tiempo que has dedicado a tu rosa lo que la hace importante.
Es el tiempo que he dedicado a mi rosa…
-repitió el Principito, para recordar.
Los hombres han olvidado esta verdad, pero tú no debes olvidarla –agregó el zorro-.
Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa…
Soy responsable de mi rosa…
-repitió el Principito, para recordar.

Antoine de Saint-Exupéry

Posted on April 6, 2016 .

JILLY COOPER, escritora inglesa

Tal vez los perros, cuya devoción excede a la mayoría de amantes, sean capaces de recoger las vibraciones telepáticas de sus amados dueños que piensan y se preocupan constantemente por ellos.

Posted on February 21, 2016 .