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CUANDO TU PERRO SE ENFADA

Publicado en Pelo Pico Pata nº 107 - Septiembre 2014

La conducta agresiva es el problema más común por el que los propietarios de un perro acuden a un etólogo o a un adiestrador y, para tratarla, es necesario conocer su causa.

Uno de los problemas de conducta que más me consultan los dueños de perros es el de la agresividad. Y con frecuencia la pregunta es la misma: “Mi perro es agresivo ¿Que puedo hacer?” Y la respuesta tampoco cambia: “Deberemos ver el porqué de ese comportamiento".

La agresividad no es una anomalía psíquica. En realidad no es un problema de conducta. Todos los animales pueden ser agresivos; los humanos también. La diferencia está en que, mientras las personas normalmente podemos controlarla de forma más efectiva, los animales no. La agresividad se convierte en un problema cuando el perro la manifiesta en un contexto inadecuado.

Pero algo muy importante que debemos saber es que la agresividad es sobre todo un síntoma de otro problema de conducta que muchas veces nos es difícil identificar. Todas los instintos del animal están diseñados para su supervivencia y bajo determinadas circunstancias, una gran parte de esas conductas innatas pueden manifestarse en forma de agresión.

Por ejemplo, si un perro es agresivo hacia sus dueños cuando intentan acariciarlo o le despiertan cuando duerme, el animal seguramente tiene un problema de dominancia, que puede haberse agravado al no establecer sus dueños una jerarquía estable en el entorno social en el que se mueve. O cuando un perro ladra a todos los perros y se muestra agresivo cuando paseamos por la calle, es probable que ese perro no haya tenido una socialización adecuada durante su infancia y vea a los otros canes como enemigos a los que evitar a toda costa. Para solucionar un problema de agresividad hay que arreglar la causa que la produce.

¿QUÉ ES LA AGRESIVIDAD?
Para los perros la agresividad es un comportamiento adaptativo que les ayuda a conseguir un objetivo. Por ejemplo, un perro puede tener como objetivo mantener la distancia entre él y algo o alguien que le asusta o que le irrita. Si se muestra agresivo hacia el estímulo que quiere evitar y le sale bien, esta conducta tenderá a repetirse en posteriores ocasiones.

La agresividad, al igual que cualquier otra manifestación de conducta, no surge porque si. Generalmente es consecuencia de varios factores. Entre ellos, habría que destacar el entorno del animal, la relación con sus dueños y otros perros, acontecimientos traumáticos ocurridos en el pasado, el nivel de estrés, un aprendizaje inadecuado, miedo, comportamientos instintivos super desarrollados y, en todos ellos tienen mucho que ver los factores genéticos. Pero con esto no debemos arriesgarnos a decir taxativamente que existen razas con más tendencia a la agresión.

Por encima de todo está el individuo canino. Un perro de raza pitbull no tiene porque ser un perro agresivo, aunque si que es cierto que pertenece a una raza con predisposición a ser más agresiva que otra. Y lo más importante: al ser un perro de una gran potencia física, el daño que es capaz de ocasionar en un episodio agresivo es mayor al que puede ejercer un caniche, por ejemplo.

Según el famoso etólogo Konrad Lorenz: “La agresión forma parte del comportamiento en todos los animales, incluido el ser humano, cuyo comportamiento agresivo es uno de los más trascendentales aspectos de su conducta y uno de los pilares sobre los que sustenta su organización social. Por tanto, no estamos en condiciones de juzgar la agresividad, como tal, de ninguna otra especie. Pecaríamos de cinismo.”

LAS SEÑALES DE AGRESIVIDAD
Para asegurarnos que el perro manifiesta agresividad e incluso a que tipo de agresión podemos enfrentamos, debemos observar detenidamente que signos externos manifiesta.

Morder es la expresión más clara, pero en la gran mayoría de los casos antes de la mordida hay otras manifestaciones que nos avisan del problema que tenemos ante nosotros.

Existen dos formas de agresividad, la ofensiva y la defensiva. La primera puede reconocerse porque el perro mantiene una postura dominante (cola alta, orejas erguidas, mirada fija), mientras que la segunda se caracteriza por una actitud evasiva (cola entre las patas, orejas gachas, mirada esquiva).

Cuando la conducta agresiva llega ya a un momento más preocupante el perro puede mostrar otros signos. Algunos son los siguientes: gruñir, lanzar una dentellada al aire, mostrar los dientes, erizar el pelo del lomo o ladrar de forma amenazante.

Dependiendo del tipo de agresividad, las señales que podemos observar pueden variar. Por ejemplo, un perro estresado o irritado, antes de mostrar los dientes o gruñir para defender su comida o, sencillamente, porque le molesta que nos acerquemos, puede mantener la boca “muy cerrada”, mirando de soslayo, lo que indica que está bajo una situación de estrés muy aguda.

En los casos de agresividad dirigida hacia las personas del entorno del perro adulto, o sea nosotros, nunca hay que enfrentarse al animal. Es muy peligroso. Debemos evitar cualquier pelea que la mayoría de las veces ganaría nuestra mascota. Por pequeño que sea, siempre será más rápido, capaz de soltar una dentellada y salir corriendo a refugiarse.

¿CACHORROS AGRESIVOS?
Como hemos dicho antes, la agresividad es algo innato y por lo tanto, cualquier perro puede manifestar alguna vez una conducta agresiva. Incluso a edad muy temprana. Por eso hemos de aprovechar la poca experiencia de los cachorros para enseñarles a controlar este comportamiento.

Existen factores genéticos que predisponen más a la agresividad, y probablemente podemos observar algunas conductas preocupantes de nuestra pequeña mascota que deberemos corregir.

Los juegos que más gustan a todos los perros, sobre todo a los más jóvenes, son los que implican competitividad: estirar de una cuerda, intentar llegar a la pelota antes que otro, etc. Con esta forma de jugar, los niveles de adrenalina suben, al igual que en una situación de estrés o en un episodio agresivo. 

Debemos aprovechar el juego con nuestra mascota para enseñarle a controlar la agresividad. Por ejemplo, cuando veamos que el cachorro empieza a gruñir, mientras estira de un juguete o persigue una pelota, debemos parar de jugar, tranquilizarlo y no reanudar el juego hasta que este calmado. Es una buena forma de aumentar el vínculo con nuestra mascota, establecer una relación jerárquica estable y prevenir posibles problemas.

TIPOS DE AGRESIVIDAD Y SU CAUSA
El primer paso para el tratamiento de un problema agresividad consiste en identificar que tipo de agresividad es la que muestra el perro y conocer la causa. Para conseguirlo es imprescindible conocer las diferentes formas de agresión existentes. Aquí veremos las más frecuentes:

La agresión por dominancia es la más frecuente de todas las conductas agresivas de los perros. Suele observarse sobre todo en machos sin castrar, adultos, y con una mayor incidencia en los animales puros de raza, que en los mestizos. Hay que diferenciar entre la agresión por dominancia hacia perros y la dirigida a las personas.
La conducta agresiva hacia otros perros por dominancia está causada por el intento de subir en la escala jerárquica con otros perros que pueda encontrarse en el entorno, mientras que las manifestaciones de agresividad hacia personas sólo se producen dentro del núcleo familiar. A veces, incluso contra sólo uno o dos de sus miembros. Este problema está causado por la tendencia genética del perro a dominar y la permisividad de los dueños con su mascota.

La agresión por miedo es otro de los problemas más comunes de consulta. Esta tipo de agresividad está causada por el miedo del perro a alguna cosa, persona o animal, y se manifiesta cuando un perro está muy asustado pero no puede escapar de la situación que le causa temor. Entonces, su reacción más probable es atacar. Este tipo de comportamiento puede verse muchas veces en la calle, cuando vemos a un perro que se muestra agresivo con otros canes que se acercan, mientras pasea con su dueño sujeto por la correa. Al estar atado y verse impedido en la huida, al perro no le queda otra poción que atacar para ver si aleja a sus “enemigos”.

Las causas más probables de este problema son una pobre o inadecuada socialización, o algún episodio traumático que haya podido experimentar en el pasado. Además de los posibles conflictos con otros perros, en ocasiones esta agresividad puede dirigirse hacia los niños, por la misma causa.

En la agresión territorial, el perro muestra una conducta ofensiva hacia gente extraña y canes desconocidos que invaden su territorio. Los perros y las personas que forman parte de la familia no son atacados en este tipo de agresividad. Es una conducta normal en el perro y en muchos casos buscadas por los propietarios, pero muchas veces el animal se excede en esta conducta y resulta un problema a solucionar. La causa de esta conducta suele ser un instinto territorial muy desarrollado. Pero además puede añadirse un aprendizaje a veces inconsciente de los propietarios. La forma en que se refuerza esta conducta (generalmente, el intruso siempre huye), hace que se convierta en un problema difícil de corregir.

La agresividad por posesión de recursos es una conducta donde pueden unirse varias conductas instintivas como la territorialidad o la dominancia, por ejemplo. Suele ocurrir en diferentes grados, primero con señales de aviso y después con la mordida.
Esta causada por un fuerte impulso de posesividad y una insuficiente educación en su fase de cachorro.

La agresión originada en el juego ocurre porque la acción de jugar lleva cierta carga de estrés que aumenta la agresividad dentro del mismo. Ya hemos visto anteriormente las características de esta forma de agresividad.

La agresión predatoria es uno de los tipos de agresividad más peligrosos. Es un comportamiento muy instintivo: el resultado de la liberación de los instintos cazadores de los cánidos. El estímulo que desencadena la conducta es el movimiento de una presa o de algo que sencillamente corre en sentido contrario al perro. Esta forma de agresión puede dirigirse hacia niños pequeños, bicicletas, coches, perros pequeños y otros animales como los gatos. El gran problema de este comportamiento es que no hay aviso, pues la conducta depredadora de los perros exige silencio a la hora de la caza. Son pocos los perros que atacan ladrando a la presa. La causa principal es un instinto depredador muy desarrollado. Para evitar problemas, debemos procurar no agudizar más esta conducta innata con juegos de ir a buscar la pelota o estirar de la cuerda. Sólo puede controlarse con una buena obediencia.

Otros tipos de agresividad son la agresividad redirigida, por ejemplo, que se manifiesta cuando un perro muerde a su dueño que se mete en una pelea de perros para intentar separarlos; la agresividad por dolor, que es una agresión defensiva del perro cuando nos acercamos a una parte del cuerpo que le duele; la agresividad por frustración, que ocurre cuando el perro no consigue algo que quiere intensamente; o la agresividad idiopática, un tipo de agresión que se desconoce la causa, aunque algunos autores creen que puede deberse a algún anomalía genética.

TRATAR LA AGRESIVIDAD
Cuando intuimos un problema de agresividad en el comportamiento de nuestra mascota, lo primero que hay que hacer es asesorarse por un especialista, generalmente un veterinario que deberá descartar cualquier problemá orgánico subyacente que pueda originar el problema. En el caso de que no exista ninguna patología; un especialista en comportamiento canino deberá observar al perro e informarse sobre su conducta para poder ayudarnos a tratar el problema.

El protocolo a seguir en un problema de agresividad es el siguiente:

- Visita al veterinario para descartar problemas orgánicos.
- Asesorarse con un especialista en comportamiento canino.
- En algunos casos, como en problemas por dominancia o territorialidad en machos, la castración es efectiva en un tanto por ciento muy elevado. No así en las hembras, que puede agudizar el problema.
- Si el tratamiento conductual (clases de obediencia, asesoramiento, modificación de los hábitos y el entorno) no es suficiente, puede apoyarse con un tratamiento farmacológico, siempre autorizado y supervisado por un veterinario.

La agresividad es un problema que puede tener diversas causas y su pronóstico y tratamiento son diferentes según el tipo de agresividad que presenta el animal. Aunque,  la agresividad hacia personas y la agresividad hacia perros pueden tener causas muy parecidas, es conveniente utilizar un protocolo de trabajo distinto para cada una de ellas.

Hay que entender, prever y si es necesario, corregir con suficiente antelación cualquier forma de comportamiento agresivo para poder modificarlo. Sólo asi conseguiremos una mejor convivencia e integración de nuestra mascota en la sociedad conseguir una convivencia más armoniosa.

Javier R. Batalle

APOLO. MI PRIMER ALUMNO.

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Hoy es diez de Octubre y cuando me he despertado y he visto qué día es, he estado preguntándome de qué me suena esa fecha. Y a lo largo de la mañana lo he recordado. Ese día, hace más de dos décadas, tuve mi primer alumno. Se llamaba Apolo, un rottweiler con problemas de agresividad.

El caso era difícil, muy difícil. Quien me contrató era una mujer de avanzada edad que tenía un hijo con problemas de esquizofrenia, que se juntaba con grupos de chavales de ideología punk y deseaba que su perro fuera lo más agresivo y temerario del mundo. Como suele ocurrir, al final era su madre quien tenía que ocuparse de pasearlo y cuidarlo. Su hijo me pidió en una ocasión si podía enseñar a su perro a atacar a la gente y a otros perros, que si no, ese perro no le servía para nada.

Ese diez de Octubre, cuando fui a visitar a Apolo, fue el día que tomé una de las decisiones más importantes de mi vida. Pero os describo la escena de ese día al llegar a su casa:

Me recibe la madre y me cuenta el problema. Un psiquiatra con pocas luces había recomendado que lo mejor para tratar la esquizofrenia de su hijo era comprarle un perro (aunque no le dijo que tipo de perro, que él eligiera). Por lo tanto el chico decidió un rottweiler, aunque aún no era considerada una raza potencialmente peligrosa (consideración de unos zotes e ignorantes que se dedican a decretar leyes sin saber), no era un perro adecuado para él.

Mi clienta me llevó a una habitación, el dormitorio de su hijo, donde el perro estaba gruñendo y destrozando las sabanas y comiéndose literalmente la cama. Al abrir la puerta se lanzó hacia mi con toda la agresividad que puedo recordar. Después de que pudiésemos cerrar la puerta, le pedí a mi clienta que necesitaba que le pusiese el bozal, el collar y la correa, y que a partir de ahí, ya me ocupaba yo. Esa fue mi primera gran decisión. Era mi primer alumno, y pensé: si me quiero dedicar a esto…¡A por todas!

Me lo llevé a la calle. Dentro del ascensor, cuando bajábamos, se puso a dos patas intentando morderme la cara con una furia descontrolada. Por suerte llevaba el bozal. En la calle se calmó algo, pero rodamos por el suelo un par de veces, dando un espectáculo dantesco por una de las calles de Barcelona más transitadas. Pero no podía abandonar.

Al final, más por cansancio que por terapia, nos sentamos en un banco y le hablé, le acaricié, me comunique con gestos, con su idioma. Fue en ese momento en el que si que tome la decisión de ser educador canino, adiestrador y perrólogo. Porque vi en Apolo una mirada que nunca sabré describir con exactitud, pero era la mirada de alguien que sufría y que pedía ayuda.

Al cabo de cuatro días, observé los ojos de Apolo y decidí quitarle el bozal, con miedo, pero sabía que era necesario. Me lo pedía. Y lo primero que hizo fue darme un lametazo, acercarse más a mi y con un pequeño gruñido me dijo: GRACIAS.

No pude curar al chico, no es mi trabajo. Pero conseguí que su madre pudiera pasear a Apolo con total tranquilidad, y sobre todo, que no hiciera ni caso a su hijo. Pero eso ya fue decisión de Apolo.

Tres años después, estaba trabajando por la Gran Vía de Barcelona y, de repente oí un tremendo ruido de botellas y vasos cayendo en el suelo, y vi a un grupo de unos seis punks abalanzándose hacia mi con un rottweiler a la cabeza. Era Apolo. Estaba atado a la mesa de la terraza de un bar y al verme me reconoció y se lanzó a saludarme y a comerme a lametazos.

Muchas gracias Apolo. Mi primer perro. El que me ayudo a que ayudará a otros perros.

La foto no es de Apolo, pero me recuerda a él. En aquellos tiempos no existía el móvil y hacer fotos era más complicado.

Posted on October 10, 2018 .

EL MACHO ALFA EN EL ADIESTRAMIENTO CANINO

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“Establecen su posición jerárquica mediante combates. Posteriormente bastará con amenazas y actitudes para que los "súbditos" recuerden el liderazgo y evitar inútiles enfrentamientos. El mando absoluto lo ostenta un macho que normalmente es el que más batallas ha librado y mejores resultados ha obtenido.”

Félix Rodríguez de la Fuente

La cuestión de la dominancia social, la jerarquía social y la posición alfa de un individuo en un grupo ha creado, últimamente, muchos debates y controversias.

Para muchos, no existe este tipo de dominancia y el macho alfa no existe. Según sus argumentos, lo que realmente ocurre es que los miembros de la familia son los que muestran posturas sumisas al dominante de forma voluntaria, para evitar conflictos. Por lo tanto, la jerarquía en un grupo social animal es inexistente.

Ni estoy de acuerdo, ni comparto estas ideas. Porque de quien quiero escribir es del líder de la manada humana, de su macho alfa, el dominante, tirano, ignorante, injusto, desequilibrado emocionalmente, envidioso y con complejos de inferioridad: el macho alfa que me encuentro una de cada tres veces que voy a tratar a un perro con supuestos problemas de comportamiento.

Estoy hablando del macho alfa humano injusto al que le molesta terriblemente que otro macho humano llegue a su territorio y vea que su perro le hace más caso que a él, el macho que no quiere ni necesita un adiestrador, y dice que a su perro lo tiene controlado, que son cosas de su mujer.

Estoy hablando del macho alfa humano que le dice a su pareja que se ocupe ella del perro, que si quiere que su perro no tenga problemas de comportamiento llame ella a un educador, porque él, no tiene ningún problema.

Estoy hablando del maleducado y cobarde macho alfa humano lleno de inseguridades que ni saluda cuando llega a su casa al verme trabajar con su perro y se esconde.

Estoy hablando del ignorante macho alfa que, cuando ve que su perro mejora su comportamiento, solo con paciencia y aprendizaje para comunicarse con él, decide dejar el adiestramiento.

Estoy hablando del macho alfa con complejos de inferioridad que no soporta que otra persona consiga lo que él no ha conseguido nunca: que su perro le quiera.

También estoy hablando del macho alfa envidioso y controlador que me recibe en la primera visita para tratar al perro y mientras estoy con el pobre animal y me comunico con él, su dueño manifiesta los siguientes síntomas:

  • Generalmente estará sentado, con los brazos en cruz y mirando al suelo.

  • No apagará la televisión o la encenderá durante la conversación.

  • No preguntará nunca

  • Si su mujer o hijos, dan una opinión, la revocará inmediatamente.

  • Dirá que nunca ha tenido ningún problema con su perro.

  • Siempre echará la culpa a su mujer, sus niños o al perro. Nunca él.

Y sobre todo, el sonido típico que todo macho alfa humano emite cuando intentas demostrarle que la violencia no es la solución para un problema, por ejemplo de agresividad:

Si me muerde a mi le pego para abajo y lo reviento ¡Vamos! Porque le tengo cariño, que si no…” o, “Le doy una patada y asunto arreglado. Lo que pasa es que estos le consienten todo”.

¿Y si hablamos de castración a un perro macho para tratar un problema de comportamiento?

En esa cuestión no hay argumentos que valgan. El macho alfa humano dirá que eso es antinatural, que a su perro no lo castra nadie. Generalmente, cuando dan sus opiniones sobre el tema, que no duran más que unos segundos, puedo ver que se tocan sus órganos genitales. Supongo que para ver si aún están ahí, no sea que un maldito adiestrador canino con mucha rapidez se los haya extirpado.

Últimamente me he encontrado con varios casos de este tipo, incluso inimaginablemente peores y por eso quiero escribirlo. He visto casos de maltrato psicológico al perro por parte del macho alfa que creo y me preocupa que puedan derivarse hacia el resto de la familia.

Una de las premisas para tratar cualquier comportamiento del perro es que estén presentes todos los miembros de la familia durante la primera visita para evaluar el problema, y también en las sesiones posteriores del tratamiento o adiestramiento. Sin embargo, es casi siempre la mujer la que se pone en contacto conmigo para solicitar mis servicios y el marido, si aparece en algún momento, lo hace de forma esporádica, emitiendo algún gruñido o intentando de forma muy torpe que el perro se acerque a él, para así demostrar su dominancia.

Durante los 21 años de mi profesión, puedo asegurar que muchos adiestramientos y tratamientos de conducta de perros han fracasado por culpa de la intervención del macho alfa humano en el adiestramiento. Y eso duele. Porque se que podrían solucionar los problemas de su perro, para que sea más feliz, para que pueda convivir en paz. Pero eso al macho alfa no le interesa. El macho alfa quiere llevar el control.

La psicología define a la dominancia como una necesidad de ser importante, de influir y manejar el ambiente. Los perros y los lobos son animales jerárquicos. Entre ellos existe la dominancia y la sumisión, pero son justos, inteligentes, equilibrados emocionalmente, no tienen complejos de inferioridad y no son envidiosos.

Los perros no necesitan usar la fuerza para demostrar su liderazgo y todos los comportamientos dentro de la manada van encaminados a evitar cualquier enfrentamiento y conseguir una buena convivencia. El macho alfa humano solo cree en la violencia para dominar al subordinado.

Los machos alfa humanos que he descrito tienen esa necesidad de sentirse importantes, pero nunca lo serán, querrán influir y manejar a su antojo a los demás y quizá lo consigan, pero nunca conseguirán que un animal tan noble e inteligente como un perro los respete o quiera.

Mi enhorabuena a todos mis clientes que no pertenecen a la especie a la que me he referido en este escrito. Con ellos da gusto trabajar y, gracias a ellos, el adiestramiento o el tratamiento de problemas de conducta de sus perros siempre ha sido un éxito.

Javier R. Batallé

Posted on September 19, 2018 .

SOCIALIZAR AL PERRO: HACIENDO AMIGOS

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Todos queremos que nuestra mascota se lleve bien con otros perros, con las personas y que no tenga miedo a nuevas experiencias, pero no siempre es así. Algunos perros muestran conductas problemáticas como ansiedad, miedo o agresividad que, en muchas ocasiones tienen una causa común: una inadecuada socialización.

El periodo más sensible: la impronta

Las experiencias y las relaciones que pueda tener un perro durante su infancia afectan de un modo decisivo en su futuro desarrollo y en su comportamiento. Pero hay un periodo de tiempo determinado de socialización (también llamado impronta o imprinting), durante el cual, el ambiente tiene un efecto muy intenso y duradero. Todo lo que aprenda o experimente el cachorro en esa etapa no lo olvidará nunca, sobre todo si han sido experiencias traumáticas. Este periodo de socialización comprende desde las tres a las 12 semanas de vida y es cuando el cachorro descubre realmente el mundo que le rodea.

La impronta en el perro ocurre entre la tercera y la duodécima semana de vida del cachorro, siendo su periodo más critico entre la quinta y la octava semana. Posteriormente, las experiencias que viva nuestra mascota también le afectaran de modo importante, pero no de forma casi irreversible como ocurre en el periodo sensible. Es importante conocer esto porque hay que cuidar mucho la forma en que el cachorro experimenta los nuevos estímulos que va descubriendo en el día a día. Por ejemplo, si durante su infancia es mordido o atacado por otro perro, puede que a partir de ese momento se convierta en un cachorro miedoso o, ya de adulto, muestre agresividad hacia otros perros. Pasa lo mismo con las personas. Es muy importante que conozca todo tipo de personas: mujeres, niños, personas mayores, y procurar que sus primeros contactos con ellas sean todos lo más agradable posible.

La vida social de un bebé perro.

Lo normal es que durante los dos o tres primeros meses de vida, el cachorro sólo conozca a su madre, sus hermanos y poco más. Está en un entorno seguro, con su familia canina, pero de repente -generalmente a los tres meses -, lo sacamos de su ambiente y lo llevamos a nuestro hogar. Con la mejor intención, lo cogemos en brazos, le hablamos en un idioma desconocido para él y lo trasladamos a un entorno totalmente desconocido: nuestra casa. ¿Os imagináis si nos pasará a nosotros?

Probablemente, el veterinario nos habrá recomendado (y con razón) no sacarle de casa hasta que le hayan aplicado todas las vacunas para que no pueda infectarse de ningún virus. Durante varios días, lo más habitual es que nuestra mascota viva en nuestro hogar relacionandose con nosotros y con nadie más. En este tiempo, para él cachorro sólo existirá nuestra familia y su entorno. Todas sus experiencias se basarán en eso. Pero podemos hacer algo más.

Lo desconocido provoca miedo

Para el perro, visualmente, son muy diferentes un perro, una persona mayor, un joven o un niño. También los sonidos de la ciudad, el trafico, los ruidos de las típicas obras y otras cosas a las que nosotros ya nos hemos habituado, son estímulos con lo que se va a encontrar nuestra mascota en distintos momentos de su vida.

Los perros discriminan y guardan en su “disco duro” los diferentes entornos, sonidos y olores que pueda apreciar para luego reconocerlos, analizarlos y actuar en consecuencia. Pero si solo conoce los estímulos de su hogar, las personas que son su familia y los sonidos y olores que existen en su ambiente, puede ocurrir que cuando comience a salir a la calle todo lo desconocido que vea, huela u oiga le puedan asustar. Y lo que no se conoce puede causar miedo y estrés. Hay que tener en cuenta que todos los animales evitan lo desconocido y si es necesario, se muestran agresivos hacia algo que pueda parecer una amenaza, para alejarla.

El aislamiento o la falta de experiencias con otros perros y/o personas puede hacer que nuestra mascota se convierta en un animal insociable con los consiguientes problemas de conducta, pero también debemos tener en cuenta el ambiente, ya que en ocasiones, el perro puede asociar un estimulo que le asusta con la presencia o cercanía de otro animal o persona. Por ejemplo: si mientras está saludando a una persona, de repente suena un petardo cerca que le asuste, puede asociar la acción de saludar con el terrible ruido que ha explotado a sus pies. Y si durante la primera salida al parque para jugar con otros amigos perrunos, están haciendo obras con el consiguiente ruido que eso produce, puede que cada vez que se acerque al parque se muestre ansioso y todos los elementos que hay en él lugar los vea como una amenaza, incluso al relacionarse con otros perros del parque.

¿Cómo conseguir el mejor amigo de las personas?

Aunque hay que hacer caso a nuestro veterinario y para evitar contagios no debemos pasear con el cachorro hasta que no tenga todas las vacunas, es importante llevarlo en brazos de vez en cuando a la calle para que vea gente nueva cada día. Así se acostumbrará a los nuevos olores y sonidos e intentaremos que cuando se acerque alguien a saludar a esa preciosa “bolita de pelo”, trataremos que lo haga con suavidad y sin asustarlo.

La socialización con las personas depende sobre todo de estímulos visuales, por lo tanto hay que tener en cuenta que la imagen de un niño es muy diferente a la de un adulto, la de una mujer de un hombre e, incluso la visión de una persona con uniforme o llevando un casco o una gorra, también son distintos a los ojos de un perro. Es importante que nuestra mascota tenga contacto con todo tipo de gente y que las interacciones sean siempre lo más positivas posibles. Y sobre todo hay que prestar atención a la relación con los niños.

Los niños, desde el punto de vista del perro son como pertenecientes a una especie distinta: se mueven más rápido e impulsivamente, hablan distinto y con una voz más aguda, gritan, hacen aspavientos y siempre llevan algo en la mano o tienden a coger lo primero que encuentran. Y aunque lo hacen con la mejor intención, su forma de saludar a un perro es casi agresiva. El cachorro puede interpretar todos estos gestos como una amenaza. Además, los niños no huelen como los adultos y para cualquier cachorro inexperto es difícil identificarlos como cachorros humanos.

Los primeros contactos de nuestro cachorro con personas adultas o niños ha de ser siempre agradables, sin sustos ni malentendidos. Por eso es importante que el acercamiento sea muy tranquilo. La mejor forma de hacerlo es dejando que sea el perro el que inicie la relación. Un truco que utilizo mucho en la calle cuando llevo a un perro tímido o miedoso y se acerca un niño a saludarle es el siguiente: antes de que se acerque de forma impetuosa, le digo al niño que el perro sabe hacer el truco de dar la pata y que si se agacha y le tiende la mano con una galleta, lo podrá ver. De esta manera, es el perro el que decide si se acerca o no. Alzar la mano y bajarla hasta su cabeza para acariciar, el perro puede verlo como un ataque frontal y desde arriba.

También es importante que en los primeros paseos con nuestra mascota intentemos llevarlo por lugares tranquilos y no muy transitados para, progresivamente, introducirlo en sitios más concurridos. No es una buena idea llevar a un cachorro en su primera salida a la salida de un colegio.

Las personas mayores también son algo diferentes para los perros. Porque sus gestos son más pausados, su forma de caminar es distinta y algunos ancianos llevan bastón, un objeto que al perro puede parecerle una extensión muy rara del brazo de un humano.

Si estamos un poco atentos a las interacciones de nuestro cachorro con todo tipo de personas y además le proporcionamos un gran número de buenas experiencias con ellas, tendremos a un verdadero “amigo del hombre”.

Haciendo amigos perrunos

La socialización entre perros, al ser de la misma especie y por lo tanto sin problemas para comunicarse, debería ser más fácil. Pero a veces, inconscientemente lo complicamos.

Todos los perros tienen un protocolo de señales para saludar a otro perro sin que haya ningún peligro de pelea. Cuando nuestro cachorro se encuentra con un perro adulto pueden ocurrir tres cosas: que se lance a saludarle de forma muy efusiva y tirando de la correa, que recule asustado por la presencia del mismo -quizá tras un gruñido-, o que se saluden de manera perruna: se olisqueen mutuamente el trasero para conocerse para después interactuar, o que uno ignore al otro.

En todos los casos debemos saber ayudar a nuestro perro a que haga amigos y la mejor forma de hacerlo es no intervenir demasiado. Los perros saben comunicarse entre ellos y que hacer en cada momento y es raro que haya un conflicto si no existe una variante: nuestra actitud.

Por ejemplo, cuando algunos dueños de perros pasean con su cachorro y ven a otro perro adulto, a veces intentan evitar el acercamiento y se muestran nerviosas por lo que pueda ocurrir. Suelen coger el cachorro en brazos para protegerle pero ¿Protegerle de qué? ¿De hacer un nuevo amigo? ¿Que se relacionen dos animales de la misma especie?

Lo que debemos hacer para socializar adecuadamente a nuestra mascota es presentarle a otros perros equilibrados pero dejando que entre ellos se comuniquen. Es perfectamente normal que, si un cachorro se abalanza sobre un perro adulto, éste gruña o le de un revolcón porque es muy molesto, y esa experiencia le servirá al cachorro para ir con más cuidado la próxima vez.

¿Se puede socializar a perros adultos?

Los perros adultos también pueden habituarse a las nuevas experiencias, aunque normalmente les lleva más tiempo. Existen muchos casos de mascotas que no han sido socializadas correctamente y muestran miedo y agresividad hacia personas o perros. La mayoría de estos animales han permanecido aislados durante su infancia o sus dueños no han sabido ayudarles a hacer amigos, pero se puede arreglar.

En estos casos, lo mejor es dejarse asesorar por un profesional del comportamiento canino. No es muy difícil de solucionar, pero es necesario que un educador canino explique a los dueños como deben actuar en cada momento con su perro.

El mayor problema que nos podemos encontrar con los perros adultos insociables es que además de manifestar timidez o ansiedad, pueden mostrar agresividad hacia personas o perros desconocidos. Quizá por miedo o por autodefensa pero, si no se soluciona, puede acarrear muchos problemas de convivencia.

Para corregir este problema primero hay que identificar la causa de su falta de sociabilidad y a partir de ahí, trabajar con el animal. Si conseguimos que haga un amigo perruno o que se lleve bien con una persona desconocida ya hemos ganado mucho: el perro puede generalizar que ni todos los perros extraños ni todas las personas desconocidas son una amenaza. Con tiempo y paciencia cualquier perro puede ser un amigo sociable. Se trata de empezar de nuevo, como si fuera un cachorro, pero hay que procurar eliminar los prejuicios que pueda tener el perro.

Cuantas más experiencias haya acumulado un perro durante su crecimiento, más se fortalecerá su carácter y si estas experiencias son positivas, más rápido hará amigos perrunos y humanos. En el caso de la insociabilidad de perros adultos, aunque cueste más, puede solucionarse con paciencia y cariño y sobre todo, buenas experiencias.

Javier R. Batallé

PUEDES APRENDER A COMUNICARTE CON TU PERRO... Y SER FELIZ.

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Soy adiestrador, especialista en comportamiento canino y me dedico a educar y solucionar problemas de comportamiento de los perros que, generalmente, ocurren en el entorno donde habitualmente vive el perro.

Los problemas de conducta que me describen los dueños muchas veces tienen como una de las causas el mal entendimiento entre el can y sus  humanos. En eso consiste sobre todo mi trabajo: en conseguir que perros y personas aprendan a comunicarse mejor y que puedan ser felices. Y es difícil, porque somos dos especies diferentes, pero puedo asegurar que el perro siempre, siempre pone lo que puede por su parte para conseguirlo.

Me encanta cuando me encuentro con personas que deciden involucrarse totalmente en corregir los problemas que pueda tener su perro, pensando tanto en ellos como en la felicidad de su perro. Y eso pasó hace unas pocas semanas.

Realicé un Bed & Training, que consiste en pasar dos o tres días en convivencia con el perro y su familia en su entorno, para poder hacer un adiestramiento intensivo y enseñar, tanto a los dueños como al perro, a comunicarse de forma adecuada. Porque la mayoría de problemas ocurren por falta de entendimiento.

Ese perro, Wonno, se ha convertido en uno de mis alumnos favoritos. Desde el primer momento, se involucró en el proyecto, pero lo mejor, y raro, según mi experiencia, es que se sus dueños se implicaron igual o más que él.

Wonno era un perro con problemas de agresividad hacia personas, perros, camiones, autobuses y todo lo que se moviera; y tenía episodios de TOC. Había vivido enjaulado y aislado, y seguramente maltratado, hasta que lo recogió la asociación ANAA donde conoció a sus actuales dueños.

Ayer, su dueño Marco me envío un mensaje por whatsapp que consiguió alegrarme el día y sentirme más orgulloso de mi trabajo: “Lleva 4 días genial. Por días progresa. Y lo mejor es que a él se le ve muy contento. Es como si se hubiera liberado de un peso. Así que todos felices.”

Gracias Wonno! Gracias Marco y Patti,!

Javier R. Batallé

¿PERRO O GATO? ¿CUÁL ES TU MASCOTA?

Publicado en Pelo Pico Pata nº 105 - Mayo 2014

Los gatos y los perros son las mascotas favoritas de la mayoría de la gente y cada vez en más hogares es fácil encontrarse con uno de estos animales. Pero no es lo mismo convivir con un gato que con un perro. Son muy distintos y por lo tanto, la convivencia con cada uno de ellos también es diferente.

COMPORTAMIENTOS DISTINTOS
Los perros y los gatos pertenecen a dos especies distintas, pero ambos son animales carnívoros. Esto es un hecho muy importante, ya que son los únicos animales carnívoros que han podido ser domesticados para la convivencia con el hombre.

En la actualidad, la gran mayoría de perros y gatos son utilizados como animales de compañía, ya que se han adaptado muy bien a la sociedad humana y a convivir con las personas. Pero esto no quiere decir que su forma de comportarse sea muy parecida. Ambas especies son cazadoras, territoriales, juguetonas y pueden convivir con los humanos sin problemas, pero es quizá en la relación que mantienen con nosotros donde podemos encontrar más diferencias.

Todos los perros y gatos, aunque tienen resuelto el tema alimenticio, no han perdido su instinto cazador. A las dos especies les gusta cazar o jugar a cazar, pero lo hacen de forma muy distinta. Mientras que el perro es un cazador social (de sus ancestros los lobos le viene la capacidad y destreza de cazar en grupo), el gato, por lo general, es un cazador individual: caza solo y sin ayuda de otros. Además, los gatos, sólo cazan o juegan a cazar animales u objetos más pequeños que él. El perro, sin embargo, puede lanzarse tras cualquier animal u objeto de gran tamaño sin pensárselo. El instinto de predación de ambos actua de la misma manera: perseguir lo que se mueve, pero para el gato el tamaño importa. Es por eso que las presas favoritas de estos felinos sean pequeños ratones, lagartijas y pajaritos que pueda encontrar en su entorno.

Los dos animales tienen un instinto territorial muy desarrollado, pero en el gato es más marcado. La costumbre de los gatos a encaramarse a lugares altos, como el respaldo del sofá u otros muebles es debido al intento de controlar desde una buena perspectiva su territorio.

El problema principal del comportamiento territorial es que los felinos son mascotas que no suelen salir al exterior y por lo tanto, su territorio es nuestro hogar. Los perros, en cambio, al tener que salir a la calle para pasear varias veces al día, disponen de un territorio más amplio, y la marcación con orina en farolas u otros lugares fuera del hogar no es una conducta problemática. Los gatos machos, si no están castrados, pueden llegar a llenar la casa de orines para marcar su territorio, sobre todo si huelen la presencia de una hembra en celo o se encuentran con olores extraños. Es por eso que la castración de los gatos es una opción muy valida para evitar problemas de higiene en el hogar.

La conducta sexual de ambas especies también difiere en un aspecto muy importante. Mientras que las perras tienen el celo dos veces al año, muchas gatas son activas sexualmente todo el año, lo que hace que puedan tener varios “Romeos” maullando y acechando bajo su ventana. Además pueden quedarse embarazadas en cualquier momento.

En la convivencia con las personas, las diferencias de conducta son más notables. El perro pertenece a una especie extremadamente social y necesita estar acompañado de otros perros o personas. El aislamiento social suele provocarle problemas de estrés y ansiedad. El gato, en cambio, tolera mejor la soledad: puede estar más horas sin sus dueños; incluso días, siempre que tenga a su disposición comida, agua, su sitio para evacuar y un lugar cómodo donde dormir. Un perro necesita varios paseos diarios y estar más tiempo que el gato en compañía de sus dueños.

Cómo el gato es más independiente, su forma de jugar también es distinta. No requiere de la participación de otros para el juego, puede divertirse sólo con una pelotita que ruede, con las sombras o reflejos de algo en movimiento o con el simple volar de una mosca. El perro, por el contrario siempre buscará un compañero de juego para pasárselo bien.

Como depredadores que ambos son, tanto los gatos como los perros pueden mostrar agresividad, pero en los felinos domésticos la agresión competitiva o por dominancia no suele ir dirigida hacia las personas. En cambio, en el perro este tipo de agresión es uno de los problemas de conducta más habituales en la consulta de un etólogo.

Algunas acciones del gato que pueden ser interpretadas por el propietario como agresivas son en realidad conductas de juego, pero en ocasiones pueden acabar con un ataque con arañazos y mordeduras dirigida normalmente a las manos o a los pies, especialmente cuando están en movimiento.

A diferencia de la conducta agresiva que puede manifestar un perro en un episodio de agresividad (gruñir, mostrar los dientes, etc.), en el gato no existe ningún tipo de aviso o postura amenazante como el pelo erizado, por ejemplo. La secuencia motora que precede al ataque es la de caza. El gato puede está jugando, pero peligrosamente.

¿ES LO MISMO EDUCAR A UN PERRO QUE A UN GATO?
La respuesta a esta pregunta es muy fácil. No tiene nada que ver. Y la razón principal es la que hemos señalado anteriormente: los perros son animales sociales que necesitan vivir en comunidad y por ello, están instintivamente preparados para adoptar ciertas normas de convivencia que consigan que su grupo social se mantenga en armonía.

Pero el gato es un animal más independiente. Es un cazador solitario que, aunque muchas veces lo podemos ver formar parte de una comunidad gatuna en alguna zona de nuestro barrio, la realidad es que si están ahí es porque es una zona con disponibilidad de alimento seguro. Tampoco vayamos a pensar que el gato es un animal asocial, pero su sociabilidad no se puede comparar con el perro.

Por lo tanto, educar o adiestrar a un perro es mucho más sencillo que a un gato. Podemosenseñar a un gato a hacer sus necesidades en el lugar adecuado. Es además muy fácil, ya que los gatos son muy limpios y si la tierra dispuesta en su bandeja higiénica es de su gusto, no tardará nada en aprenderlo. También podemos ponerle a su disposición objetos preparados para que rasque o arañe y no lo haga en otros muebles de nuestro hogar. Si es de su agrado, siempre limará allí su uñas. Aunque este “adiestramiento” no es tal. Lo que realmente hacemos es poner a su disposición ciertos utensilios que al gato le van bien, le sirven y por lo tanto, los utiliza. Pero si por alguna causa, intentamos reñir a nuestro gato por haber hecho algo malo, éste no actuará como el perro. No bajará la cabeza, ni pondrá cara de decir “lo siento”; lo que seguramente hará el gato es mirarnos despectivamente y acto seguido se marchará o huirá. Intentar que un gato se quede quieto en un sitio mientras le echamos la bronca es algo impensable, de ciencia ficción.

Por el contrario, el perro acepta que le riñan y, después de hacerlo, posiblemente se retire compungido o busque nuestro perdón con alguna zalamería. Los canes aceptan un estatus jerárquico en el grupo social donde viven. Por eso, a diferencia de los felinos, los perros, además de poder enseñarles algunos ejercicios, podemos exigirle que los haga. A un gato, sólo podemos conseguirlo dandole siempre algo a cambio. La jerarquía en los gatos existe -no de una forma muy marcada-, pero sólo entre ellos.

COMUNICACIÓN CANINA Y COMUNICACIÓN FELINA
La personalidad de los gatos suele ser más incomprendida que la de los perros ya que su forma de comunicarse con nosotros difiere mucho de la nuestra. Sus señales comunicativas a veces son malinterpretadas.

Los gatos se muestran siempre más reservados que los perros y además la expresión de la cara de un gato no expresa tanto como la de un perro. Esta circunstancia es debida a que los felinos no poseen tantos músculos faciales como los canes, por lo que es más complicado interpretarlos.

Algunos de los comportamientos felinos que interpretamos de forma errónea son por ejemplo cuando el gato se coloca panza arriba, o cuando mantienen la cola en alto, o cuando parece feliz de vernos frotandose en nuestras piernas. Cuando un gato se coloca panza arriba, es porque está relajado, confiado y les gustaría que le rascaran. Hasta ahí todo bien. Pero lo que no quiere el felino es que le acaricien la barriga, como solemos hacer. Su deseo es que le rasquen la cabeza o detrás de las orejas. Cuando le tocamos la panza, lo normal es que nos agarre el brazo con las patas, nos arañe o nos muerda la mano. Para el gato, esa acción que acabamos de hacer es un abuso de confianza. En el perro es distinto. La posición de colocarse boca arriba, significa sumisión o relajación y le encanta que le acaricien o rasquen donde él no puede llegar.

En el perro, la cola en alto demuestra seguridad y dominancia. Se muestra altivo y poderoso. En el gato en cambio, la cola en alto significa saludo y alegría por volver a vernos. Podemos ver este gesto la mayoría de veces que le ponemos la comida.

La acción del gato de frotarse en nuestras piernas cuando llegamos a casa parece una manifestación de cariño que suele agradarnos. No cabe duda que es así, pero el objetivo real de este comportamiento es marcar territorio. Se restriega para dejar su olor, ya que los olores desconocidos que traemos de la calle no son de su agrado y como hemos dicho antes, los gatos son muy territoriales. Se podría decir que nos marca como diciéndonos: “Tú eres mío”.

LLEVARSE COMO EL PERRO Y EL GATO
Este dicho popular que se refiere a que dos personas se llevan muy mal no se corresponde totalmente con la realidad. Aunque mucha gente piensa que los gatos y los perros son enemigos irreconciliables -algo que también nos han inculcado en muchos dibujos animados-, no es cierto.

Los perros persiguen a los gatos porque es lo que más hay para perseguir. El instinto de caza canino se activa al ver un animal que corre y además hace ruido. Pero si el gato no corriera al ver a un perro, no sería perseguido. En nuestra sociedad, uno de los animales que más pueblan nuestras calles son los felinos. Si en vez de estos, hubiera conejos, el dicho popular cambiaría a uno de sus protagonistas.

Las dos especies son juguetonas, y les gusta jugar a cazar, por lo que se persiguen. Los perros, mucho más sociables que los gatos, muchas veces juegan entre ellos, intercambiando los papeles de cazador y presa. Los gatos, al ser más independientes, conllevan la convivencia con otras especies de manera más conflictiva.

Los gatos caseros no suelen salir a la calle, por lo tanto, si un gato ha vivido desde pequeño en una casa, nunca habrá sido perseguido por un perro. En cambio, los perros sí salen a la calle a jugar, por lo que, muy probablemente, habrán tenido alguna experiencia persecutoria ante la presencia de un gato callejero. Es por eso que los gatos que han sido adoptados de la calle en edad adulta, son más difíciles de socializar con un perro.

La relación entre cachorros de ambas especies es muy fácil, ya que, en esa etapa, el perro aún no ha madurado su conducta instintiva de caza, y aceptará al gato sin problemas. Por lo mismo, hacer convivir a un cachorro de perro con un gato adulto es, generalmente, fácil, sobre todo si el gato no ha tenido ninguna mala experiencia con perros, por lo que se acercará a él con curiosidad.

Para conseguir una buena socialización entre ambas especies, uno de los métodos más efectivos es utilizar el acercamiento progresivo. Para ello se puede utilizar el trasportín del gato. Dentro, el gato se sentirá seguro y se estará quieto, evitando que salga corriendo y que el perro reaccióne persiguiendole. De forma controlada, sin peligro de daño para ninguno de ellos, se irán adaptando el uno al otro, hasta que sea posible dejarlos solos.

Tener de mascota a un perro o a un gato depende mucho de nuestra disponibilidad para atender sus necesidades. El gato puede estar más tiempo solo y no necesita salir a la calle. El perro nos obliga a pasear, hacer ejercicio y a estar más tiempo con él. Tanto la independencia del gato como la sociabilidad del perro tienen su encanto. Los dos animales nos acompañan gustosamente y requieren de nuestro cariño. También podemos tener a los dos. La elección es nuestra.

Javier R. Batallé

LOS PRINCIPIOS DE UNA EDUCACIÓN CORRECTA: Educación de cachorros y perros jóvenes

Publicado en Pelo Pico Pata Especial - Agosto 2015

Mucha gente aún cree que la educación del perro ha de empezar en la edad adulta pero no es así. Un aprendizaje temprano es la mejor forma de evitar problemas posteriores en la convivencia cuando nuestro cachorro se convierta en todo un perro adulto.

ADIESTRAR Y EDUCAR: DIFERENCIAS Y SIMILUTUDES
¿Cuantas veces he escuchado la frase “¿Quiero que mi perro obedezca?” Pero ¿Qué es la obediencia? No es lo mismo educar al perro que adiestrarlo, aunque ambas acciones estén muy relacionadas.

Educar al perro es enseñarle a que haga sus necesidades en el lugar adecuado, que no pida comida en la mesa, que no destruya objetos del hogar, que no se suba encima de la gente para saludar, que no ladre cuando quiera algo, etc. Y adiestrar es enseñarle una serie de ejercicios que debería efectuar a una orden (un sonido determinado para el perro) para poder controlarlo en cualquier momento. Por ejemplo, que se siente, se tumbe, camine a nuestro lado o que acuda a la llamada.

¿Y qué tiene que ver la educación con el adiestramiento? Pues que en muchos aspectos de la educación del perro el adiestramiento es, aunque no indispensable, si muy importante. Por ejemplo: para educar al perro a que no se suba encima de la gente para saludar, deberíamos adiestrarlo a que a la voz de “Siéntate” se espere sentado a que le saluden a él. Se trata de enseñarle que es lo que él debe hacer para conseguir exactamente lo mismo, pero que lo haga de forma más civilizada.

Cuando un perro es joven o cachorro es más fácil educarlo y adiestrarlo, pero debemos tener especial cuidado en la forma de hacerlo. Hay que tener en cuenta que, en primer lugar, y dependiendo de su edad, el perro está en una etapa de crecimiento físico y psíquico y cualquier experiencia desagradable puede afectarle de forma irreversible. Por lo tanto debemos procurar que todo lo que le enseñemos lo aprenda sin ningún tipo de coacción, utilizando siempre alguna motivación que nos ayude a que realice las conductas deseadas.

Desde el principio, el perro ha de aprender unas normas de convivencia que son muy fáciles de aplicar. Para conseguirlo es mucho mejor enseñarle lo que queremos de él y no tanto empezar a prohibirle lo que no queremos que haga. Es muy difícil que el cachorro aprenda lo que queremos que haga si sólo le prohibimos continuamente con un “NO” expeditivo. Si conseguimos hacerle entender lo que si puede hacer y premiarlo cuando lo hace, el cachorro repetirá las conductas deseadas en poco tiempo. Hay mil formas de hacer una cosa mal y solo una de hacerla bien. Intentemos enseñar al perro cual es la adecuada.

HACIENDO DE MADRE CANINA
Aunque mamá perra no va a dedicarse a adiestrar a sus cachorros enseñándole ejercicios como sentarse, tumbarse o dar la pata, seguro que los educa y muy bien, a comportarse como “perros de primera”.

Desde el mismo momento de su nacimiento, el cachorro empieza a aprender. Al principio depende totalmente de su madre. Sólo se guía por el olfato y el tacto para conseguir llegar arrastrándose a las tetillas de la madre y alimentarse, pero muy pronto todos sus sentidos comienzan a ser funcionales, aprende a moverse con soltura y aumenta su tendencia a explorar y jugar, sobre todo con sus hermanos.

Este es el periodo durante el cual su madre inicia la primera educación. Y lo hace empezando a prohibirle ciertos comportamientos. Por ejemplo: cuando un cachorro intenta insistentemente agarrarse a la tetilla cuando ya ha mamado lo suficiente, la madre le gruñe y, si continúa con su actitud, le da un revolcón, empujándolo. Esa sería seguramente la primera vez que se le dice “NO” al perro. Además, cuando los cachorrosya empiezan a corretear, la madre comienza a separarse de ellos cada vez durante más tiempo y de forma progresiva, ayudándoles así a independizarse y no sufrir de ansiedad cuando se quedan solos.

Cuando adoptamos al cachorro, la responsabilidad de su educación es nuestra y debemos hacer algo parecido. No podemos gruñirle cuando se porta mal, pero si podemos educarlo para que después de decirle un “NO”, nuestra mascota tenga la expectativa de que si no deja de hacer lo que está haciendo, recibirá una regañina.

¿CÓMO EMPEZAR A EDUCAR A UN CACHORRO?
Lo que la madre puede enseñar a sus cachorros es a ser buenos perros. A nosotros nos toca educarles para que además sean unos buenos ciudadanos caninos. Aunque no hablemos el lenguaje canino como su madre y no tengamos su infinita paciencia, debemos intentar imitarla, dentro de nuestras posibilidades.

Lo primero que tiene que aprender un cachorro son los hábitos de hacer sus necesidades en el lugar correcto y los “buenos modales”, como por ejemplo, no robar comida de la basura, no romper ni masticar objetos que no sean sus juguetes, jugar con otros perros y personas sin morder ni hacer daño, cuál es su zona específica de descanso y a que lugares y zonas tiene prohibido el acceso.

Aunque casi todos lo cachorros se comportan de manera parecida, siempre hay diferencias en su “personalidad”. Podemos encontrarnos con perros traviesos y activos, con tendencia a ser dominantes o subordinados, tímidos o intrépidos, más nerviosos o más tranquilos, etc. Nunca hay dos perros iguales. Y todas estas conductas innatas que vienen de serie, aunque no podemos eliminarlas, si podemos canalizarlas para conseguir el comportamiento que deseamos.

Lo importante es saber “leer” a nuestro cachorro: conocer sus inquietudes, su forma de comunicarse, que tendencias genéticas son las que pueden guiar su comportamiento, que premio es el más adecuado, en que momento hay que enseñarle los ejercicios, cual es el refuerzo que más le motiva, etc. Dependiendo de su raza o mezcla de razas, puede ser un cachorro con un instinto cazador importante, o quizá sea muy independiente, puede que responda mejor a caricias que a comida, o puede que a las dos cosas. En definitiva, hay que conocer a nuestro perro.

PREMIO Y CASTIGO
Durante muchos años se creía que el uso de regaños y castigos físicos para “educar” a los perros era la única forma de lograrlo. No hay nada más lejos de la realidad.

Los cachorros que son castigados fisicamente como forma de disciplina, no sólo no llegan a entender el mensaje que su dueño quiere enviarle en la mayoría de los casos, sino que pueden aprender a mostrar una actitud miedosa, que en algunos casos puede confundirse con respeto o subordinación. Además, es muy posible que los perros castigados puedan presentar en la edad adulta comportamientos agresivos o miedosos que seguramente empeorarán con el tiempo. Para una buena convivencia lo que queremos es un perro tranquilo, educado y mentalmente equilibrado y los castigos físicos no son la opción.

Para enseñar al perro, siempre hay que enfocarse en las acciones correctas en lugar de las incorrectas. Es decir, cada vez que el perro haga justamente lo que queremos que realice, debemos recompensarle por ello. Dependiendo de la “personalidad” del perro puede motivarse más si le damos un premio comestible, aunque otros prefieren unas palabras de felicitación, caricias o un juguete para reanudar el juego. Todo depende de que analicemos bien qué es lo que más puede gustarle.

La clave para reforzar las conductas deseadas está en la sincronización de dar el premio justo en el momento en que sucede la acción correcta. Si tardamos demasiado en premiarle -con caricias, alabanzas, chuches o algún juguete- puede que asocie la conducta que queremos reforzar con otra. Por ejemplo, si le pedimos que se siente, obedece y se sienta, pero se levanta inmediatamente y le premiamos en ese instante, lo que estamos reforzando es el comportamiento de levantarse y no el de sentarse.

Cuando el cachorro realiza algo incorrecto, lo mejor es ignorar lo sucedido. Por ejemplo, si llegamos a casa después de estar varias horas fuera y vemos que el cachorro rompió uno de nuestros zapatos, es inútil gritarle y regañarlo. Los perros no dan importancia a lo sucedido horas antes, viven el presente y el futuro más inmediato, el minuto siguiente. Si lo regañamos no tendrá ni idea de porqué. Pero al ver la bronca que le echamos se mostrará sumiso, aunque eso no significa que sienta “culpa” por lo sucedido.

Lo que generalmente hace el perro es una composición de elementos en su espacio-tiempo. El cachorro escucha las llaves de la puerta cuando está entrando el dueño, en el entorno hay un charquito de pipí o un objeto de la casa destrozado; observa a su dueño entrar y ve el disgusto en su cara. El perro, al notar su enfado, se acerca a saludar pero de una forma sumisa, tal como haría cualquier perro ante un superior jerárquico que muestra algo de agresividad. Pero lo que la mayoría de la gente ve en su perro es la típica “cara de culpable” y creen que el animal sabe lo que ha hecho. Incluso hay gente que piensa que lo ha hecho como un acto de venganza por haberle dejado solo. No es así.

El perro tiene memoria, se acuerda perfectamente de los acontecimientos pasados, pero en el momento en que, por ejemplo, está masticando un zapato nuevo, lo importante para él es ese instante de disfrute de la masticación, quizá provocado por el dolor de encías cuando cambia los dientes de leche, o quizá por aburrimiento. Pero como nadie le prohibe esa conducta en ese momento y tampoco ha sido educado para solo coger sus juguetes, lo que hace es disfrutar del instante. Si le reñimos y nos enfadamos, horas o incluso solo minutos después, el cachorro puede asociar el castigo con el último acontecimiento: la llegada de su dueño y el acercamiento para saludar.

Sólo si lo descubrimos con “las manos en la masa”, debemos detenerlo en el momento justo diciendo un “NO” firme y canalizar su comportamiento hacia otra cosa. Por ejemplo, si lo vemos mordiendo algo nuestro, hay que detener la acción, regañarle, e inmediatamente, ofrecerle uno de sus juguetes para que comprenda que es lo que puede y lo que no puede masticar.

El castigo físico no sirve de nada, es contraproducente y además el perro no lo entiende ¿Alguien ha visto a dos perros pegarse? Pueden empujarse, gruñir o morder, pero nunca se golpean. La acción de golpear con la mano o con un periódico es algo que el perro no puede entender como castigo. En realidad, lo que mejor comprendería es un gruñido, un marcaje con dientes y un revolcón, pero si hiciéramos eso por la calle o en casa, es muy posible que nos llevaran a un psiquiátrico. Pero podemos sustituir el gruñido por un “NO” rotundo y el revolcón por un pequeño empujón.

El cachorro, lo esencial que debe notar cuando le “castigamos” es que estamos enfadados y a partir de ahí, cuando muestre una actitud de subordinación -que no miedo-, debemos dejar de reprenderle inmediatamente. Si seguimos abroncando cuando intenta comunicarnos que entiende nuestro enfado no le ayudaremos nada en su educación, porque no habrá comunicación.

ADIESTRAR EN POSITIVO. DISFRUTAR ENSEÑANDO Y APRENDIENDO
A partir de los tres meses de edad hay una serie de ejercicios de obediencia básica que podemos enseñar al cachorro de forma divertida tanto para él como para nosotros. Los más importantes son acudir a la llamada, que se esté quieto a la orden y que camine sin tirar continuamente de la correa. Y para que aprenda estos ejercicios hay que conseguir que se lo pase bien durante el adiestramiento. Para conseguirlo, las sesiones deben ser cortas, de no más de diez minutos y siempre compaginando el aprendizaje con el juego. Las clases consistirán en dos partes que se sucederán de forma consecutiva: práctica-juego-práctica-juego.

Hemos de tener en cuenta que un cachorro o perro joven es un animal muy curioso, que le encanta explorar, jugar y que se distrae fácilmente por cualquier cosa. Su capacidad de concentración es muy limitada y no podemos exigirle la misma atención que a un perro adulto. Es mejor empezar el adiestramiento en un lugar con pocas distracciones para así minimizar el número de correcciones y conseguir una mayor atención.

No podemos exigir al perro algo que no conoce. Debemos enseñar al perro la acción deseada sin implicar autoridad. Cuando ya sepa hacer el ejercicio y tenga consolidada la conducta deseada, será el momento en que podamos exigirle obediencia. Por eso explicarle bien las cosas es esencial. La información que le damos al cachorro es muy importante para que aprenda lo que queremos de él: debemos saber explicarle qué debe hacer, cómo debe hacerlo y que es lo que conseguirá al realizarlo.

LAS ÓRDENES QUE DEBE APRENDER
Enseñar al cachorro a que realice una serie de ejercicios nos da la posibilidad de establecer un código de comunicación que él pueda entender. Con unas pocas órdenes básicas podemos explicar a nuestra mascota qué es lo que queremos de ella: que acuda cuando le llamamos, que se siente, que se tumbe, que camine a nuestro lado, o que deje de hacer algo que esté haciendo.

Las palabras que utilicemos para que el perro nos entienda deberían ser cortas, diferentes en sonido cada una de ellas y sobre todo que no lleven a la confusión. Bastante tiene el perro para asociar un sonido con un ejercicio que queremos que realice, para que además le pongamos sinónimos. Por ejemplo, no podemos pedirle al perro que se siente diciendo en algún momento “Sit”, después “Siéntate”, más tarde “Que te sientes” y otro día “Sentado”. Estas palabras significan lo mismo para nosotros, pero se trata que nuestra mascota asocie un sonido con un ejercicio, no que aprenda idiomas. Esta es una de las razones por las que aconsejo pronunciar las órdenes en otro idioma, por ejemplo, el alemán o el inglés; porque las palabras que generalmente se utilizan son monosílabas y con un sonido muy diferente. Y sobre todo, porque son palabras que solo aplicaríamos a nuestro perro, lo que ayudaría a no gastar las órdenes ni utilizar sinónimos.

Las órdenes más importantes que el perro debe conocer son las siguientes: para estarse quieto -sentado o tumbado- y mantenerse así, para acudir a la llamada, para caminar a nuestro lado; la que debe obedecer para dejar de hacer cualquier cosa que esté haciendo en ese momento, que sería la orden “NO”, y una muy importante que generalmente no aplicamos y muchas veces se nos olvida: la orden de liberación.

La liberación u orden de recreo, aunque no lo parezca, es una de las órdenes más importantes, porque no podemos mantener continuamente a nuestra mascota en un estado de obediencia absoluta. Cuando el perro realiza un ejercicio bien, como por ejemplo, sentarse a la orden, debemos liberarlo antes de que llegue a levantarse y por lo tanto desobedecer. Y eso es lo que hacemos mucha veces. Nos creemos que el perro es obediente porque si le decimos “Siéntate” el perro se sienta, pero cuando nos damos la vuelta, orgullosos de lo que sabe hacer nuestra mascota, ésta se levanta y por lo tanto desobedece. Eso es lo que debemos evitar utilizando la orden de liberación, que debemos darla siempre después de cada ejercicio, a menos que le demos otra orden. Pero siempre terminando liberando al animal.

LOS EJERCICIOS DE ADIESTRAMIENTO
Para que el cachorro aprenda a acudir a la llamada debemos siempre pedirle que venga y no exigirle que lo haga y, sobre todo, siempre premiarlo cuando llegue hasta nosotros. En ninguna circunstancia debemos llamarle para castigarle: el cachorro asociaría la última acción (acudir a la llamada) con el castigo. Lo primero que debemos hacer es que nuestra mascota conozca su nombre, y que aprenda a que cuando lo pronunciamos nos referimos a él. Después, tendremos que pensar en una palabra para ordenarle la llamada (por ejemplo, “VEN”). Esta orden, siempre la pronunciaremos después de su nombre y lo más importante: para que la aprenda correctamente, al principio sólo la pronunciaremos cuando estemos seguros que va a venir.

Enseñar al cachorro a estarse quieto tiene su dificultad por su condición de cachorro o perro joven y explorador. Por eso debemos ser más pacientes con los ejercicios de sentarse o echarse. No hace falta que los ejecute a la perfección, pero es importante que empiece a conocerlos. Es conveniente liberar al cachorro de la orden sin esperar a que se canse de estar quieto y desobedecer.

La enseñanza para que camine sin tirar de la correa es uno de los ejercicios que más tardamos en enseñar al cachorro y seguramente es debido a que mientras es pequeño e inseguro no nos importa tanto que tire, pero cuando su tamaño y fuerza hace que no disfrutemos del paseo, comenzamos a preocuparnos.

Para evitar esto y comenzar a enseñar al cachorro a caminar sin tirar, es mucho más fácil enseñarle por donde debe caminar que no intentar explicarle por donde no debe hacerlo. Si conseguimos reforzar la conducta de caminar al lado de una de nuestras piernas (la derecha o la izquierda) y recibe un premio por ello, no tardará en acostumbrarse y entender que es la mejor manera de pasear con nosotros. Conseguirá lo mismo, pero sin la molestia del collar presionando su cuello.

Si ya de cachorro, le motivamos a que camine a nuestro costado, manteniendo la correa floja y premiando por ello su conducta y le incomodamos cuando tira de ella con rápidos cambios de dirección por ejemplo, el perro no tardará en saber cual es la mejor manera de pasear.

Los perros no conocen las normas sociales humanas y si no se las enseñamos, para sobrevivir en nuestra sociedad utilizarán sus instintos, muchas veces incompatibles para una buena convivencia. Educar a un perro es fácil y divertido. Solo necesitamos paciencia, dedicación y tiempo. Si el perro además es un cachorro, su capacidad de aprendizaje es aún mayor. El reto está en saber comunicarles correctamente todo lo que queremos de ellos.

Educación y adiestramiento canino JR Batallé