La tecnología de hoy nos sorprende cada día con avances espectaculares. Robots que limpian la casa, coches que casi se conducen solos, móviles que hacen de todo menos el café… Sin embargo, hay un campo en el que la tecnología aún no ha conseguido superar a un colaborador que llevamos millones de años teniendo a nuestro lado: el perro.
Ahora bien, todavía circula un mito absurdo: que los perros detectores de drogas son adictos a ellas. Nada más lejos de la realidad. Y es fácil desmontarlo con un poco de lógica: ¿si para detectar cocaína un perro tuviera que consumirla, entonces los perros detectores de explosivos deberían… estallar de vez en cuando?
Si un perro consumiera drogas, no solo vería seriamente afectada su salud, sino que perdería justamente aquello que lo convierte en un experto: su olfato.
El consumo de estupefacientes daña zonas cerebrales relacionadas con el sentido del olfato, y cualquier alteración en esa delicada red de neuronas anularía su capacidad de trabajo. En realidad, todo el entrenamiento de un perro detector se basa en el juego y la asociación de olores.
El perro no busca drogas porque “le gusten”, sino porque relaciona ese olor con su objeto favorito para jugar. Cuando da con la sustancia entrenada, recibe su premio: una pelota, un mordedor o lo que más le motive. Además, el entrenamiento se realiza con sustancias seguras y con extremo cuidado en el caso de drogas más peligrosas, como la cocaína o la heroína, para evitar cualquier contacto directo por vía oral o nasal.
Seleccionar a un perro detector no es fácil. Solo uno de cada cuarenta animales supera el proceso. Se buscan perros sanos, valientes, activos, con un temperamento equilibrado y, sobre todo, apasionados por el juego. No deben mostrar agresividad hacia las personas, pero sí cierta independencia y confianza en sí mismos. Las razas más comunes son el pastor alemán, el labrador o el braco, aunque muchos mestizos también resultan excelentes detectores.
El trabajo de estos perros es intenso y desgasta mucha energía. Por eso, muchos se jubilan entre los 6 y 7 años. Tras su retiro, la mayoría continúa su vida junto a su guía humano, convertido en un miembro más de la familia. Otros pasan a tareas menos exigentes, pero todos disfrutan de un merecido descanso tras una carrera dedicada a protegernos.
En resumen: los perros detectores no son adictos ni consumidores de drogas. Son profesionales del olfato que trabajan jugando y que, con su lealtad y capacidad, superan a la más avanzada de las tecnologías.