Por un lado, las órdenes en otros idiomas —sobre todo si son monosílabas y bien diferenciadas— suenan más claras para el perro. Palabras como Sitz, Platz o Fuss no se parecen entre sí, y eso hace que el perro tenga más fácil distinguir qué le estamos pidiendo. En cambio, en castellano solemos usar varias formas para decir lo mismo: “Siéntate”, “Sentado”, “Sienta”, “¡Que te sientes ya!”. Para nosotros tiene sentido, pero para el perro puede ser como aprender cinco idiomas al mismo tiempo.
Otra ventaja de usar un idioma distinto es que nos obliga a ser más conscientes de lo que decimos. Cuando usamos nuestro idioma, es muy fácil caer en la improvisación. En cambio, cuando sabes que la palabra “Sitz” solo se usa para sentarse, te ciñes a ella y evitas confundir al perro con sinónimos, variaciones o tonos cambiantes.
Y hablando de tonos… eso también importa (¡y mucho!). Muchas veces creemos que los perros no obedecen porque “no quieren”, pero lo que ocurre es que les hablamos de formas diferentes cada vez. Empezamos con un tono dulce, tipo “ven bonito”, y acabamos medio gritando “¡que vengas ya!” porque no nos hace caso. El problema es que, para el perro, esas frases no suenan igual. Y si no suenan igual, probablemente no entienda que significan lo mismo.
De hecho, los perros responden mejor a tonos agudos, tipo voz de bebé feliz. No es casualidad: los tonos graves suelen parecerse a gruñidos, y eso los puede confundir o incluso asustar. Así que, aunque nos dé un poco de vergüenza cuando estamos en la calle con más gente, es mejor hablarles como si fueran cachorros adorables… porque en el fondo lo son.
En mi caso, uso una mezcla de idiomas. Algunas órdenes las doy en castellano, otras en alemán o inglés. Lo importante no es el idioma, sino que las palabras sean claras, distintas entre sí y que siempre las diga igual. No hace falta levantar la voz: los perros oyen muchísimo mejor que nosotros, así que una orden en voz baja y firme es más efectiva que un grito desesperado.
Al final, se trata de crear un lenguaje común entre tú y tu perro. Uno que ambos podáis entender sin confusiones. Porque cuando eso pasa, la comunicación fluye, el aprendizaje mejora… y la convivencia también.