La pupila de un perro tiene una gran capacidad de dilatación, permitiendo que incluso la luz más tenue estimule la retina, donde se encuentra una capa de células reflectantes llamada tapetum lucidum, que convierte la vista del perro en un instrumento excepcional para la visión nocturna.
Este tapiz de células, situado en el fondo de la retina, es común en mamíferos nocturnos, pero inexistente en los humanos. Actúa como un amplificador de luz, reflejándola como un espejo y reenviando las ondas luminosas al nervio óptico.
Es esta capa celular la que provoca que los ojos de los perros brillen cuando son iluminados en la oscuridad y les otorga una alta sensibilidad a las luces inesperadas. También es la razón por la cual, si en una carretera las luces de un coche iluminan a un perro u otro animal de improviso, éste puede quedar deslumbrado e inmóvil durante unos segundos cruciales para su supervivencia.